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divendres, 14 de novembre del 2008

De Khonkaen a Pitsanulok


Esta mañana es de sentimientos encontrados. Por un lado estamos contentos de empezar una nueva etapa, y por otro nos da pena despedirnos de Henk, Noreen, Miki, Jing y la perra Mai Tai. Henk nos ha dado quinientos baths para arreglar el tema del almuerzo que su agencia nos debía pagar, el triple de lo que nos cuesta un almuerzo en esa zona. Además nos regala un CD con las fotos que tomó en la fiesta de la noche anterior. El trato que nos han dado ha sido excelente.
Antes de marchar damos una vuelta por el pueblo, el cual aún no habíamos visto de día. Visitamos el templo, que está en reconstrucción.




Una vez hecha la visita de rigor al pueblo vamos a casa de Henk a desayunar y a despedirnos de todos los de la casa. Observad los platos de desayuno preparados por Nareen, la mejor cocinera thai que vamos a encontrar en todo el viaje.



Partimos con un nuevo conductor, Pitsieng o algo así; no hay guía y él no habla inglés, así que la comunicación con él es mínima. Antes de salir de Kampoh vemos a unos lugareños limpiando gallos de pelea que tienen en jaulas individuales y paramos para hacer unas fotos.


Seguimos camino hacia Nam Nao, tan sólo parando una vez más en un 7-eleven para tomarnos esos cafés helados que tanto nos gustan de Nescafe.



 Llegamos a Nam Nao al mediodía. El trekking acaba siendo un paseo por la jungla, sin mucho que ver y con miles de mosquitos chupasangre acosándonos.



Tras hora y media de caminata llegamos a la recepción del parque. Comemos unos noodles en un bar allá mismo, rematados con un café helado muy bueno, que me tomo rápido por si el hielo puesto no es de fiar. Compramos varias camisetas y marchamos sin más pausas en un largo camino lleno de curvas hacia Pitsanulok.

Cuando llegamos a la ciudad la impresión que nos da es de una ciudad fea y de tráfico caótico. El hotel parece de lujo pero la habitación no es nada del otro mundo. Mientras nos duchamos nos llama nuestro nuevo guía de habla hispana que acaba de llegar al hotel y queda con nosotros a las ocho para cenar. Se llama Paco y es tailandés...curioso. Damos una vuelta por los alrededores antes de cenar pero no nos gusta nada el ambiente.
Cuando llegamos al restaurante del hotel nos está esperando Paco, bajito, pasaría por el típico andaluz saleroso si no fuera por sus ojos rasgados. No cena con nosotros, solo ha venido para presentarse y decirnos que mañana nos levantamos a las 6:30 para desayunar a las 7 y salir a las 7:30 a ver el templo más importante de la ciudad.
La cena del restaurante consiste en un buffet libre con sushi, comida thai y occidental (hasta tienen leche con grosella). El restaurante está lleno de franceses y alemanes.
Al terminar nos vamos al centrol comercial anexo donde no hay nada peculiar; a las nueve nos volvemos a la habitación. El exceso de cafés durante el dia hace que a la una de la mañana me despierte y no me vuelva a dormir hasta las tres.

dijous, 13 de novembre del 2008

La montaña del Phu Kradueng




Esta mañana nos toca hacer un trekking por el Phu Kradueng,
una montaña de más de 1200 metros. En este viaje nos acompaña Miki, pues Henk tiene que acompañar a la pareja canadiense, Steve y Dominique, a la escuela de Khampom a visitar a los niños.
Aunque al principio no me gustaba la idea de ir solos con Miki, pues pensaba que nos podía retrasar por estar menos preparada físicamente y además no nos estábamos comunicando bien, al final del día pudimos ver que fue todo un acierto.
El trayecto desde Khampom hasta el parque nacional del Phu Kradueng dura dos horas y media. Vamos con el señor Jing, un buen chófer, y con Miki. Durante el camino paramos en un 7-eleven, donde compramos varias latas de Nescafé Ice Expresso, café refrescante gracias al cual por fin me quito la sensación del Jet Lag que tenía desde la llegada hace tres días a Tailandia.

Llegamos al Parque Nacional del Phu Kradueng a eso de las 9:30. En la entrada hay una especie de museo en la que resalta el esqueleto de un elefante blanco. 


Antes de comenzar el trekking propiamente dicho adelantamos un anciano monje budista, y yo no me puedo estar de pedirle que pose con nosotros mientras Miki nos hace una foto. Se puede observar como él se aleja un poco de Silvia, tal como su religión les obliga a evitar cualquier mínimo contacto con las mujeres.


Comenzamos el trekking Miki, Silvia y yo con una dura subida desde buen principio, ya sea con escalones o sobre tierra. Pronto comenzamos a adelantar algún grupo de personas, tailandeses todos, mientras que, a su vez, porteadores con largos palos cargados en sus extremos por equipajes nos superan rápidamente. Resulta que en la cima de la montaña hay un cámping inmenso con tiendas y bungalows, donde muchos tailandeses gustan de pasar unos días disfrutando de auténtica naturaleza. Desde allí arriba parten nuevas rutas de trekking para realizar bonitas excursiones de un día. Los turistas pueden contratar a estos porteadores para que les suban sus equipajes a razón de quince baths por kilo. Personalmente lo considero un precio muy bajo, el trabajo es muy duro y en pocos años estos porteadores tienen que abandonarlo por problemas en sus rodillas. El señor Jing nos contó posteriormente que él hacía un cuanto tiempo había sido uno de estos porteadores y que en su tiempo cobraban cinco baths por kilo ( 44 baths son un euro, más o menos). Creo que nunca me iré a trabajar a Tailandia.
Antes de llegar a la primera parada de avituallamiento nos alcanza una chica de unos treinta y cinco años, se llama Nulek y trabaja en un puesto en lo alto de la montaña. Nos acompañará todo el recorrido siendo nosotros una buena compañía para ella y ella para nosotros.
Sudorosos y fatigados llegamos a la primera parada de avituallamiento: Sam Haek, a una altitud de 400 metros sobre el nivel del mar. 



Allí hay muchos puestos de comida, en uno de ellos probamos fruta como lichis y tamandil, esta es una fruta que me recuerda un poco a unas uvas pasas amargas y bañadas en sal, un sabor entre dulce, amargo y salado muy curioso. Además dicen que es muy buena para ir de vientre de forma regular.



Tras una parada de media hora seguimos caminando y hablando en grupos, Silvia y yo, Miki y Nulek. Poco a poco el ambiente entre los cuatro se hace más relajado y comenzamos a bromear con temas como el idioma, o sobre los tigres y osos que podemos encontrarnos.



Esta segunda etapa es un poco más suave, pero aún así, llegamos a la siguiente parada de avituallamiento más sudados y fatigados. Estamos en Sam Korn Sarng, a 700 metros de altitud. Aquí aprovechamos para comer un buen bol de noodles con salsa de pescado, varias cucharadas de azúcar y un pellizquito de guindilla, en mi caso, y un par de cucharadas de ésta en el caso de Miki.


Ella me incita a pedirme sop-tram, ensalada de papaya, así que me pido un bol que al final no es nada del otro mundo pues no le han puesto la famosa salsa de pescado putrefacta.



Seguimos el paseo que, gracias a nuestras compañeras thais, es fantástico, pues Miki nos permite interactuar con la gente y así echarnos todos unas risas con nuestras diferencias culturales. Incluso comiendo he puesto Coti y Jarabe de Palo y Miki me ha pedido que le envíe varias canciones por mail.
El camino sigue poco a poco pues esta tercera etapa es casi tan dura como la primera, y además es más larga. Las chicas thai suben mucho más tranquilas, sin prisas. Alcanzo la tercera parada de avituallamiento un poco adelantado al resto. Esta parada es la de Sam Kok Done, a casi 900 metros de altura. En un puesto de comida veo una chica que me recuerda a la Marion Jones pero en thai, le pido si tiene coco y me indica chocolate; después de un par de minutos me entiende y coge un coco que yo no había visto, de color verde; le corta un extremo con un machete y pone en el hueco una pajita, está buenísimo!!!. 



En ese momento llegan las chicas, entre Silvia y yo nos bebemos y comemos el coco y nos subimos a unos puestos de ropa donde compramos un par de camisetas. El precio final de 200 baths (cinco euros) por las dos tras el típico regateo deja contento al vendedor, que se echa unas risas con una colega suya mientras nos vamos.
Me quedo solo en mi voluntad de continuar, se hace tarde y Miki teme que se nos haga de noche. Tras despedirnos de Nulek comenzamos a bajar a ritmo tranquilo. En cada etapa nos paramos a descansar. Por el camino nos encontramos dos porteadores llevando una persona, y dos mujeres caminan detrás; Miki nos explica que son unos turistas que habíamos adelantado en la subida y que el hombre se ha torcido el tobillo por lo que no puede subir andando. Silvia en ese momento salta un "Ay, poor man!", y en ese momento ella y yo nos acordamos de la Mireia, nos reimos a carcajadas mientras Miki nos mira sin entender nada. 



Al llegar a la última etapa unos universitarios de Khon Kaen nos demuestran sus conocimientos sobre deportistas españoles, mucho mayor que el nuestro de deportistas tailandeses.
Al llegar a la base de la montaña, con las rodillas muy cargadas y casi tan sudados como en la subida, Miki nos invita a darle las gracias al Gran Padre de la montaña. Quemamos nueve barritas de incienso y hacemos tres reverencias arrodillados,¡ah!, y dejamos una pequeña limosna nos dará suerte.



Cogemos la furgoneta y volvemos de noche cerrada a Khampom, donde nos espera un espectáculo de danza por parte de unas niñas de la escuela del pueblo. El ambiente es muy agradable.


Es nuestra última noche en la aldea, mañana toca ir a Pitsanulok, de camino trekking por el parque natural de Nam Nao. Tal como nos echamos en la cama caemos en un profundo sueño...



dimecres, 12 de novembre del 2008

La fiesta del Loi Katong (Khonkaen, dia 2)

No hemos dormido nada mal en nuestro colchón en el suelo, no hemos tenido ni frío ni calor. La única pega es que los gallos han comenzado a cantar a las 4:30, y a esa hora ya se oye a la gente trajinar por la casa, dando de comer a los animales y preparándose para ir al campo a trabajar. A las 7:30 tenemos que estar en casa de Henk para desayunar. Tras el suculento desayuno nos vamos a la escuela del pueblo. Allí observamos como los niños de primaria y secundaria forman filas para cantar el himno de Tailandia mientras se iza la bandera del pais. A las 8 de la mañana y las 6 de la tarde, en todo el pais, se iza y se baja la bandera, y mientras tanto suena el himno; durante ese rato la gente se detiene y canta, todos excepto los coches. Los extranjeros (farang) también se paran en señal de respeto.
Subimos a una de las aulas y allí jugamos con los niños. Primero una competición en la que nosotros les decimos un animal en inglés y ellos, divididos en dos equipos, han de escribir el nombre correctamente en inglés y en thai. Después nos hacen preguntas siguiendo un guión preparado por Henk, y nos cantamos canciones en tai, castellano y catalán. Tanto ellos como nosotros lo pasamos muy bien. Por último salimos del aula y nos vamos al patio a hacernos unos katongs para la fiesta del Loi Katong. Esta fiesta se celebra en la decimo tercera luna llena del año, para dar la bienvenida al invierno, la estación de recolección del arroz. Es la principal fiesta del pais junto al año nuevo thai, que se celebra en abril (por cierto, están en el año 2551). La celebración consiste en echar barquitos al río que se lleven nuestros pecados y problemas. Los barquitos suelen estar hechos con una base de tronco de platanero, a la que se le adorna con hojas del mismo platanero, flores y una vela e incienso en el centro, que se encenderán en el momento de echar al río el katong. Nos cuentan que en Chiang Mai, al norte del pais, se celebra con una especie de globos con velas, en vez de barquitos, y con fuegos artificiales, pues la población china es muy grande allí y tienen mucha influencia.
Así que nos ponemos manos a la obra y con mucho sudor (por la calor) y con un poco de ayuda por parte de profesora y alumnos/as, nos hacemos un par de katongs.
Después de la visita a la escuela nos vamos a Kohn Kaen, pues le hemos dicho a Henk que tendríamos que comprar algo de ropa. De camino pasamos por una aldea que están preparando una gran fiesta de Loi Katong, con concurso de katongs, damas de honor, carrera de coches adornados...

Durante un rato nos mezclamos con la gente del pueblo, hacemos fotos a doquier y dudamos si probar la ensalada de papaya (sot pram o algo así); se trata de una ensalada amarga con tomate, papaya, cebolla y vete a saber qué mas, a la que le añaden diferentes salsas, entre ellas una de pescado podrido que tiene uno de los olores más asquerosos que jamás hemos olido; al final no nos atrevemos a probarla.
Seguimos hasta Khon Kaen, y nos detenemos en un centro comercial muy interesante donde acabamos comprando pantalones, polos y camisetas para afrontar nuestros días por el norte.
Tras el shopping Henk nos lleva al principal templo de la ciudad. Miki entra con nosotros y nos lo enseña; de sus explicaciones deducimos el gran respeto que muestra hacia la religión budista; unas cuantas veces nos dice de echar monedas en diferentes sitios para ser felices...en fin, allá donde fueres...
Recorremos los nueve pisos del templo o pagoda, viendo budas, santos, y objetos varios de la cultura rural tailandesa. El nueve es el número de la suerte en el budismo theravada, el budismo practicado en Thailandia. Cabe decir, que el budismo no tiene un papa, sino que el budismo de cada pais tiene su propio jerarca, no hay una jerarquía global como entendemos en la iglesia católica. Así, el Dalai Lama es la máxima autoridad del budismo tibetano, que a su vez es de la corriente Mahayana, la corriente más establecida en el norte de Asia.
Henk se nos une cuando ya estamos bajando; volvemos a Khampom. Saliendo de la ciudad nos encontramos con una fiesta de Loi Katong montada por los estudiantes de la universidad de Khonkaen, un desfile de carrozas por la calle principial de la ciudad hasta llegar a la uni.

En Kampoh al llegar volvemos a ir a hacer una pequeña siesta hasta las siete, hora en que hemos quedado en casa de Henk para fabricar otro par de katongs con algunos niños de la escuela del pueblo.

Cuando estamos a punto de acabarlos han llegado una pareja de turistas de Quebec, Steve y Dominique.Con ellos, los guías y los niños nos vamos al lago cercano a Kampoh a echar nuestros katongs, para así desprendernos de nuestros pecados y problemas.

Volvemos, cenamos y hacemos una tertulia en la que Dominique, la mujer de Quebec, lleva la voz cantante. Es una mujer curiosa, sí señor. ¡A dormir que mañana nos espera el Phu Kradueng!.

dimarts, 11 de novembre del 2008

De Bangkok a Khonkaen

Joer que sueño!, las 6:30, nos duchamos y salimos a desayunar. En el buffet coincidimos con una pareja catalana en la cual nos hace gracia que el tío está de un mal humor importante, suponemos por el dolor de cabeza que dice tener; se le nota muy borde en su trato con el pobre guía tailandés.
A nosotros nos viene a recoger otra guía tailandesa que habla castellano. Nos lleva al aeropuerto de Don Muang, el de los vuelos internos, para coger nuestro vuelo dirección Khon Kaen, al sudeste del pais, donde nos esperan tres días de convivencia con una familia tailandesa en su propia casa. No sabemos que nos espera y estamos un poquito acongojados.
El avión de la Thai Airlines es super cómodo, las azafatas van a piñón repartiendo zumos, galletitas y café en los cuarenta minutos que dura el vuelo. Nos acordamos de la porquería de avión de la KLM que nos trajo 24 horas antes, aún no nos explicamos como pueden aún utilizar estos aviones para viajes tan largos, tanto que se habla del mal de la clase turista.
Al llegar a Khon Kaen nos esperan dos personas, Henk, un guía holandes y Miki, una guía tailandesa. Con ambos nos entendemos en inglés, algo que nos puede ir bien, aunque tengamos que esforzarnos más en comunicarnos.
Nos llevan a Kampoh, una aldea a 30 kilómetros de Khon Kaen. Allí conocemos a Noreen, su mujer, una tailandesa que, según nos dice Henk, cocina de fábula. Aunque conviviremos todos los días con Henk y Noreen, dormiremos en una habitación de otra vivienda de unos tailandeses del pueblo, con los que en principio no tendremos ningún contacto. La habitación es limpia pero sencilla, con un retrete sin cadena, sino que hay que coger agua de un bidón con una cacerola y lanzarla al retrete. La habitación tiene mosquitera en las ventanas, alguna de ellas no tiene vidrios, pero dudo que tengamos frío por la noche.
Después de dejar nuestras cosas, nos vamos con Henk, Noreen y Miki a comer unos noodles en un puesto de comida a la entrada del pueblo. Es nuestro primer contacto con la cocina thai. Nos sorprende que en el bol de noodles mezclan tanto guindilla como azúcar para contrarrestarla. Es una mezcla curiosa y agradable. Con los noodles, que no dejan de ser fideos de pasta de arroz, se añade carne de cerdo o de ternera.

Tras la comida nos vamos a ver como trabaja la gente del pueblo en los campos de arroz. Van todos completamente tapados, excepto ojos, nariz y boca. Es necesario protegerse del sol, que aprieta con una fuerza despiadada. Los vecinos se ayudan unos a otros, así cada día toca segar el campo de uno de ellos, hasta que todos los campos han sido segados.


Después de segar un campo, al día siguiente un vehículo viene a recoger las espigas del arroz, que serán transportadas para extraer los granos de cada una de ellas y a continuación a cada grano se le quita la cáscara, quedando tan solo el grano blanco que todos conocemos. Lo curioso, es que esa cáscara que se desecha es el componente del arroz más saludable.
Después de ver cómo trabaja la gente el arroz volvemos a casa a descansar un rato, hace mucha calor y nosotros aún arrastramos el jet lag. Dormimos demasiado y no podemos ir a dar la vuelta por el pueblo que pensábamos dar con Miki después de la siesta. Nos levantamos para cenar. La cena preparada por Nareen está buenísima. Como no, hay arroz, sopa de noodles, cerdo en salsa picante, pollo y además pescado delicioso (aroe mai krab!).

Tras la cena hacemos un buen rato de sobremesa, en la que hablamos de los planes para el día siguiente, de nosotros, de ellos...y a dormir.